viernes, junio 27, 2008

A quienes habrán de perder su nombradía

Por Diego Alfaro Palma


Del viento es el pendón pompa ligera
Góngora

Lo primero que debe saber un poeta es que está completamente muerto. Sea un jovencillo de 17 años en Charleville o uno de 60 en Santiago de Chile – o para hacer menos cruel la distancia, en Punta Arenas o en Buenos Aires- ninguno escapará de esta implacable verdad. No es para ponerse a llorar (a menos que sean lo suficientemente sensibles para hacerlo), ni para tomar el primer transporte al cementerio para visitar la propia tumba. No, señores, no se trata de eso; hablo, en fin, de esa necesaria sabiduría, ya mítica, de reconocer que bajo los grandes discursos la honorabilidad del oficio está en ponerse del otro lado de la vida, en el gesto completamente humilde de no esperar absolutamente nada del nocturno acto de la escritura. En ese encogerse nacen las palabras grandes, que no es el encogimiento ante el poder, sino ese paso decisivo, allí donde él no calza con su zapato portentoso, es decir, un paso de la vida a la muerte para devolver en versos –o en prosa- la indicación de lo definitivamente importante en la existencia humana: hablar de hombre a hombre, cara a cara, sobre los minutos que pasan y las sillas que se quiebran.

Para escribir hay que tomarse el tiempo necesario. Ya Lihn lo decía, “lo primero de todo: sentarse y madurar”, nada del otro mundo para los de ceso frío, pero un mandamiento difícil en la sociedad de la imagen y el auto-reconocimiento donde todos, o la gran mayoría, busca adjudicarse esos cinco minutos de fama que le puedan entregar los medios, realizando la pirueta de la semana o lanzando el poema más obsceno de los últimos tres meses para los hambrientos académicos. Ahí habrán de parar: a la mar que es el morir. Para quien yace muerto todo este impecable entretenimiento no ha de parecerle sino un absurdo, un juego de niñitos bobos que rayan papelitos en las discoteques o que se promocionan vía e-mail: patadas en el aire. La poesía se hace con temblor, con la violencia del lápiz, con la garganta áspera y los ojos abiertos a lo eterno que se cuela tras la puerta.

La cosa es escribir como un muerto, de ahí, otro tema, es la actitud que ha de tomar el poeta con su vida, situación que da para idealizar los más hermosos castillos en el aire parisino. Aunque una cosa es cierta: una estética contiene y configura su propia ética. Todo quehacer humano, de una u otra forma, configura en mayor o menor grado el ser del hombre. En el arte, que siempre trabaja y trabajará con lo más importante, esta situación posee connotaciones aún más serias, pues en tiempos como estos, en donde lo más fácil es lanzar un discurso por la borda del ciberespacio o publicar un libro, la consecuencia entre lo escrito y la defensa de aquello es, sin lugar a dudas, lo difícil, el reto último para quien trabaja con el lenguaje, para quien, como decía Andrei Tarkovski, “esculpe en el tiempo”, da forma a una visión subjetiva de la realidad para devolverla a la realidad. Pero más allá de estas consabidas lecciones morales, existe una postura indeclinable: en un tiempo como este, en el que el sistema de capital ha vaciado el significado para “involucrar al sujeto de manera subliminal y libidinal en el nivel de la respuesta visceral en vez de en el de la conciencia reflexiva”, al decir de Terry Eagleton (en “Ideología: una introducción”), el escritor no debe andar con cuentos. El poeta por tanto no puede emular los juegos del consumismo, lo que quiere decir, que como creador no puede quedarse con el mero significante y hacer de él un atrapa polillas. En su función poética, su mensaje, reúne a esos viejos compañeros, significado y significante, para decirnos algo con el oído y con la mente: para acercarnos a otro, para dialogar en distintos tiempos: el de la vida de otro o el de la muerte propia. Por lo tanto, un arte desde la delgada línea de la finitud, no puede sino ser un arte que entra como quehacer en una vida autoconsciente de su propia finalidad, y de esta forma, de sí misma: sabiduría, en otras palabras.

Es cierto, ya estamos en este mundo, y aunque digamos que no hay nada más triste para el lenguaje que el periodismo, la publicidad o la política, sabemos en nuestro interior –en esa pequeña caja musical llamada conciencia- que más triste aún son las caretas de una poesía a mal traer, con ausencia de todo, en especial, de madurez y altura de miras, la existencia de una poesía que no aporta nada a la cotidianidad de un momento como el nuestro que reclama un poco de “oscura inteligencia” como dijo (y nos sigue diciendo) nuestro querido Lihn. Pero este es un llamado para hombres y mujeres inteligentes, no para quienes, que en su afán de derribar bosques, lanzan cinco libros en tres años (siendo de ellos, dos, antologías de los demás), ni para quienes “no conciben otra escritura sino desde el cuerpo”, cosa irremediablemente fáctica por la materialidad del mundo, ni tampoco para los especialistas en fiestas y tribus urbanas, porque el poeta como siempre ha obrado, habla a todos los hombres por igual, no hace distinción de clase ni jerarquías políticas, cosa que bien sabía Bertolt Brecht que escribía para los que iban a venir, para el proletariado y para que el burgués reconociera un cisma entre las clases, para que ambos reconocieran su humanidad dañada.

Se puede escribir de todo, para bien o para mal, pero como decía Gyorgy Lukács “el arte autentico tiende, pues, a ser profundo y abarcante. Se esfuerza por abrazar la vida en su omnilateral totalidad”. Por lo que, en su relación con la vida, el arte no puede sino conformarse a partir de sus propias posibilidades, desde sus límites, desde y hacia el último límite: la muerte. “Todo lo sólido se desvanece en el aire” afirmaba Marx (“El Capital”), al tiempo que Ezra Pound clamaba “todo lo que amas de verdad permanece, el resto es escoria” (Canto LXXXI). El arte de la palabra es memoria de todos los tiempos, interacción de unos con otros como nos enseñaron tantos, lo fugaz y lo eterno en pleno entrecruce, es tradición y talento individual puestos a la palestra de la humildad ante la historia y la defensa del lenguaje, no en su purismo, sino en su sana apertura hacia la verdad, contra la deprecación del ser humano y la injusticia, poesía y prosa de lo cotidiano para hablar al hombre a partir de su realidad, para que el arte, como susurro, comparta con él un sentimiento en común. La fama es un espiral vacío para quien escribe y más vacío aún cuando menos se leen las grandes obras y pequeños templos se erigen desde una carpa de circo.

La muerte nos es igual a todos, he ahí la universalidad a la que debe aspirar el poeta, para cantar en la lengua del amor, el dolor, la desesperación o la felicidad, lengua común a todos los seres. Ese es ya un requisito que despacha a unos cuantos de su nombradía, me refiero a quienes ponen los acentos en los localismo o especialidades, en las marginalidades auto-impuestas, en el periodismo, en las modas vacías, en la falsa exposición de sus veleidades, en la falta de lecturas necesarias, pues no es lo mismo un autor antes o después de Virgilio, Ovidio u Horacio, ni de Baudelaire o Mallarmé, menos aún de Shakespeare o Cervantes. Un autor debe conocer su lengua y la lengua de las motivaciones humanas, debe atreverse a las verdades categóricas o a la absoluta iridiscencia de la incertidumbre, mancharse las manos con sangre, pues escribir significa cometer ciertos crímenes. No se trata de escribir a partir de tal o cual moda teórica para acicalarse contra el académico de mal gusto, ni menos tratar burdamente la pedofilia o la homosexualidad como cuadros esquizofrénicos para figurar en antologías panorámicas del vacío absoluto del canto, ni mucho menos de silabear palabrotas a destajo para creernos los Sex Pistols del siglo XXI, los revolucionarios que nunca leyeron a Catulo.

Es para llorar a fin de cuentas, pero en toda época hay un montón que no se toma en serio su oficio, lo terrible es cuando una generación entera hace oídos sordos; pero mis muchachos, los que leen entre líneas comprenderán, el tiempo nos dará la razón, hay que escribir como muertos para conversar con otros muertos y robarles algunos secretos, brillantes esmeraldas esparcidas sobre la arena. Epígonos o epílogos, qué más da, lo importante es el gran rechazo a los meseros del poder y la fama, pues no hay que tener poquita fe, sino demasiada al momento de escribir, esa fe casi sin esperanza, despojada, para que el poema, como decía Paul Celan, sea un apretón de manos, aquí o en otra parte, siendo cien veces la sombra de las sombras, a tientas, recogiendo las certezas de la violencia auto-crítica y el cansancio de los ojos, con la valentía, a fin de cuentas, de aquellos que no temen a los fantasmas.

6 comentarios:

Fernanda Weinstein dijo...

Gracias, gracias, amigo Alfaro: esperanzas son concebibles al saber que alguien, desde la orilla aquella de la creación (que a la mayoría de nosotros nos ha sido vedada: somos capaces de concebir una cabeza para la Victoria de Samotracia, pero no de llevarla a cabo), está dispuesto a ensuciarse las manos con el mundo real. Mi querido Rafael solía decir que en la vida hay dos opciones, actuar o justificarse. Y por Dios (sí, con mayúscula) que es fácil lo segundo. Para los que hemos decidido lo primero, ha llegado la hora de sumar fuerzas.

Anónimo dijo...

Adhiero a lo dicho. Sin embargo, Diego, creo que lo que haces es matar moscas con misiles antiaéreos. Las moscas se matan con matamoscas. Los misiles son para dios. Además, a mi las moscas me provocan cierta simpatía: son efímeras, acrobáticas y zumban. No hacen daño a nadie. Caen finalmente por su propio peso, como moscas que son. Lo otro: las moscas a las que atacas con febril desmesura, estan dirigidas no por una mosca, sino por una abeja reina. Y creo que esa abeja reina es, aunque no lo queramos aceptar, un poeta de verdad. Yo tambien sospecho mucho de las estrategias aéreas, mediante las cuales estas moscas, dirigidas por la abeja reina H.H, han instalado su discurso. Pero H.H, a pesar de si mismo y de sus moscas, es un poeta genuino, talentoso, respetable. En fin. Diego, en c ualquier caso, te felicito por la solidez de tus argumentos, y por decir las cosas con tanta altura de miras. Un abrazo fuerte. Rafael Rubio.

Ernesto González Barnert dijo...

preciosa reflexión. te invito a ver algunas citas en mi blog y anotaciones personales: http://obsturaciones.blogspot.com/ Bueno Abrazos

Anónimo dijo...

Da nombres maricón del hoyo, cursi, obvio.

baudelaire3 dijo...

Diego: otra vez, gracias por pasar por mi blog. Te escribo aquí, sin embargo, para compartir puntos de vista, discrepantes de repente. Tu post es una larga suma de lecciones morales, del tipo "la poesía debe (un debe con mayúscula) referirse a lo permanente, a los temas de siempre (siempre también iría con mayúscula)". No es extraño que el Rafa Rubio (si efectivamente es él el que firma ese anónimo) apoye el fondo de tu argumentación. Desde la crítica que hiciera Valente de Luz rabiosa, Rafael (la poesía de Rafael, si me perdonan la metonimia)pareciera haberse erigido (o haber sido erigida) como el paladín de los "valores universales y trascendentes" de la poesía, que bien lo sabemos, no son ni trascendentes ni universales. A saber: escribir sobre la muerte, el tiempo, alejar la poética de cualquier cosa que suene "local", recurrir al viejo truco de los clásicos (ya sea en lenguas extranjeras o en su versión hispanizante), la defensa a ultranza del poema, etc. Todo lo anterior sería, en principio, incuestionable. A nadie se le puede atacar por tener en mente a los clásicos. Pero sí se puede cuestionar el uso que se haga de ellos. Y AQUÍ NO EXISTE LA NEUTRALIDAD. Tampoco es cuestionable el hecho de hablar de la muerte o del tiempo. Sí lo es aferrarse a la tradición literaria para escudarse en ella como si esta fuera ajena a la contingencia y a la cotidianidad. Te aclaro de inmediato que no me refiero con esto a Luz rabiosa, sino a cierta lectura antojadiza de Luz rabiosa. Subsecuentemente, creo que es un poco apresurado condenar a alguien por publicar muy seguido (¿dónde entra Neruda ahí?) u otras críticas veladas a Héctor Hernández M., quien ya lo sabemos, es el mejor autopromotor de su poesía, pero eso no lo hace necesariamente un mal poeta, como muy bien se encarga de aclarar Rubio. En suma: creo que los esencialismos (y la tuya es una mirada fuertemnete esencialista) le hacen mal a (la comprensión de) la poesía. Ni Rubio es "la derecha literaria", ni tampoco Hernández es única y exclusivamente un producto de la agenda académica. Luz rabiosa es un libro sumamente interesante, mucho más allá de las caprichosas (y poco informadas) opiniones de Ignacio Valente, alias José Miguel Ibáñez Langlois, sacerdote católico que dictó seminarios privados a la Junta Militar de Gobierno, por si a alguien se le olvida. Pero en eso Rubio no tiene arte ni parte. Y viceversa, mi estimado Diego.

Espero que podamos seguir conversando,

CGO

lihnterna dijo...

Creo apropiado aclarar que el mismo Lihn, "autoridad" a la que acudes arbitrariamente para validar tu discurso, duda y desconfía de sus propias apreciaciones.

¿Qué tipo de certeza y suerte de megalomanía te lleva a lanzar dardos de moral y a arrogarle a la poesía la búsqueda de lo trascendente?

Según creo y pienso, probablemente sin haber reflexionado lo suficiente, los dogmas, desde mi punto de vista, son para la ciencia...

Saludos,
Andrés Urzúa.